Origen y significado de la palabra AMÉRICA LATINA

América Latina

América Latina es una denominación histórica y geográficamente imprecisa, que los españoles suelen rechazar, pues dan preferencia a Hispanoamérica (el conjunto de los países que surgieron de la colonización española) o Iberoamérica (el mismo conjunto incluyendo a Brasil, colonizado por los portugueses). Hemos de convenir que estas últimas denominaciones son bastante más precisas, puesto que excluyen países caribeños de colonización francesa, como Haití, y aun los territorios francohablantes de Canadá, a los que, de todas formas, no se suele considerar latinoamericanos.

Sin embargo, en las costas occidentales del océano Atlántico se prefiere, por razones que enseguida veremos, hablar de América Latina, a raíz de lo cual los estadounidenses llaman genéricamente latinos a los inmigrantes procedentes del sur del río Bravo. Según una anécdota atribuida al ex vicepresidente norteamericano Dan Quayle, en cierta ocasión manifestó su interés en estudiar latín, alegando que le resultaría "muy útil para cuando viajase a Sudamérica", donde, según está versión, él creía que se hablaba esa lengua.

La preferencia de los americanos hispanohablantes (o lusohablantes) por la expresión América Latina tiene razones políticas e históricas que arrancan del siglo XIX, pero la palabra latino es mucho más antigua: para conocer su origen tenemos que remontarnos a los tiempos de la Guerra de Troya, ocurrida hace más de 3.000 años. Es una historia que vale la pena conocer.

En aquella época, Latinus era el rey de los aborígenes (de ab origines), primitivos pobladores de la Península Itálica. Cuenta la leyenda que cuando Eneas llegó fugitivo a la costa italiana después de la toma de Troya por los aqueos, fue acogido con su familia por Latinus. En la familia de Eneas estaba su hijo Iulo, quien, según la leyenda, sería el fundador de la familia Iulia, en la que tres o cuatro siglos más tarde nacerían Rómulo y Remo, los míticos fundadores de Roma, y unos siete siglos después, Julio César.

Otra leyenda cuenta que Latino habría guerreado contra Eneas y que, muertos ambos, los tirios y los aborígenes decidieron unirse para formar un nuevo pueblo, al que dieron el nombre del rey Latinus.

Más allá de la milenaria leyenda, lo cierto es que el nombre latinus lo tomaron los romanos para sí y para su lengua y cultura que, con el apogeo del imperio, se extenderían desde el norte de España hasta lo que hoy es Rumania.

Tras la caída del Imperio Romano, la lengua latina fue adoptando diversas formas en los territorios del antiguo dominio de los césares, dando lugar al gallego-portugués, al castellano, al aragonés, al leonés, al catalán, la lengua de Oc, el francés, las incontables lenguas de la península itálica, el rumano, el sardo y muchos otros idiomas de numerosas regiones cuya enumeración sería inagotable: eran las lenguas romances o latinas.

Unos siglos más y los españoles y portugueses se lanzaron a los mares en busca de nuevas tierras, principalmente hacia América, aunque los hispanos llevaron su lengua también al norte de Africa y a las Filipinas y los portugueses a Macao, donde incluso dieron origen a nuevas palabras del idioma chino que perduran hasta hoy.

De las otras lenguas latinas o romances, los franceses llevaron la suya a Haití y al Canadá y los italianos a Etiopía. Todos estos países fueron llamados latinos por sus lenguas, que se derivaban de un tronco común, por su historia y por su cultura.

Los pueblos colonizados por España se llamaron hispanoamericanos, denominación que se emplea hasta hoy, especialmente en la Península Ibérica. Sin embargo, razones históricas y políticas han llevado a que en América se prefiera la denominación América Latina o Latinoamérica. En realidad, hasta comienzos del siglo pasado eran muy pocos los lazos entre los países hispanoamericanos y sus vecinos nacidos de otras colonizaciones latinas —como Brasil, Haití, las Guayanas y los canadienses de Quebec.

La expresión Amérique Latine fue creada hacia 1860, cuando Napoleón III se disponía a invadir México para imponer al emperador Maximiliano a fin de contener el avance de Estados Unidos, una política que requería poner de relieve elementos de identidad cultural entre los franceses y los hispanoamericanos. El diputado francés Michel Chevalier, uno de los más cercanos colaboradores de Napoleón III, acuñó entonces esa denominación.

Maximiliano acabó depuesto por Benito Juárez y fusilado en 1867, pero el nombre creado por los franceses prevaleció como elemento cultural que une a los países iberoamericanos, la antigua Guayana francesa y Haití.

La emergencia de una izquierda socialista y anarquista hacia fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX tal vez pueda explicar el éxito que tuvo fuera de España la expresión América Latina, muy oportuna para los políticos de la época, puesto que les permitía marcar la diferencia con los Estados Unidos y, al mismo, tiempo, evitar la connotación peninsular del vocablo Hispanoamérica.

En el uso corriente la denominación América Latina cuenta hoy con la comprensión de los intelectuales españoles de mayor relevancia, y el espaldarazo de la Academia Española, contra la opinión del ya fallecido premio Nobel Camilo José Cela, quien en su acendrado eurocentrismo siempre se negó a admitir esa expresión. Cela ponía el acento en la imprecisión del término, pero desconocía la voluntad y el uso preferencial de los latinoamericanos.

El término se impuso también en Estados Unidos, donde latin es hoy por lo menos tan usado como hispanic para designar los inmigrantes del sur, lo que puede explicar la confusión que se atribuyó a Quayle.

1 comentario:

Pancho (Nacido como Francisco) Bustamante dijo...

Me parece muy interesante, pero el proceso del nombre de América Latina es más complejo, confuso y disputado. Recomiendo ver Arturo Ardao. La inteligencia latinoamericana. Montevideo: Universidad de la República, 1987 y ver éste poema del colombiano Torres Caicedo donde aparentemente por primera vez se nombre como un adjetivo "latina" al sustantivo América. Saludos

http://www.filosofia.org/hem/185/18570215.htm